domingo 5 de febrero de 2012

El Gobierno de la Orden del Temple

El  Gran Maestre Roberto de Graon, en torno al año 1140, promulgó un texto en francés que recogía la regla latina y añadía una interpretación sobre cuestiones claves que se convirtió en la norma fundamental de la Orden. Es un texto sencillo  y coherente que integra elementos provenientes de las redacciones anteriores, las integra en cuatro líneas centrales: 

  •   Amplias competencias del Gran Maestre.
  • Una elaborada normativa disciplinaria. 
  •  Incorporación de usos y mecanismos de inspiración feudal concernientes al status y al poder de los freiles.
  • Especial atención a condición militar de la Orden.
Una vez marginado el Patriarca de Jerusalén en el gobierno de la Orden, el Gran Maestre pasa a constituir la máxima autoridad, a él corresponde el gobierno del convento, la disciplina de los freiles, la representación de la Orden ante el Rey y el Papa y la interpretación de la regla. El Gran Maestre cuenta con organismos que le asesoran en el buen gobierno de la Orden:
·         El Capítulo o congregación de todos los freiles, cuyo consejo solo es conveniente que sea escuchado por el Gran Maestre en temas graves que afecten al gobierno, a la recepción de nuevos freiles y al patrimonio de la Orden.
·         El consejo de los freiles ancianos.
·         La regla no recoge en este momento un esquema jerárquico de organismos que asumen funciones especializadas (encomiendas, prioratos, tesorería, flota, etc.)
La regla establece el régimen disciplinario, las actividades de los freiles, las horas canónicas y los oficios según los canónigos del Santo Sepulcro, la alimentación, los ayunos, la vestimenta, etc. Los freiles comían en el refectorio común en silencio, escuchando lecturas piadosas y compartiendo de dos en dos la escudilla. Se les permitía comer carne tres veces por semana y se regulaba perfectamente los días de abstinencia o de ayuno completo, para los freiles que no estuviesen enfermos o fueran ancianos. El dormitorio era común, dormían con la armadura y el equipo de combate a mano; se mantenía una luz encendida durante toda la noche. Después de completas se guardaba un completo silencio en el dormitorio, solo los freiles enfermos o muy fatigados tenían licencia para faltar al rezo de maitines. El hábito y aspecto personal estaban reglamentados: los freiles profesos llevaban vestiduras blancas o negras, recubiertas en todo caso por un manto blanco, signo del compromiso de castidad. Estaba prohibido dar muestras de un cuidado superfluo en el vestido, la cara o el equipamiento militar.
Los freiles se dividían en tres categorías: los caballeros profesos, los clérigos y los hermanos sargentos. Los primeros  constituyen el núcleo y la razón de ser de la “Caballería del Rey Soberano”. A cada caballero se le asignan tres monturas y uno o varios escuderos. La Orden estaba capacitada para actuar como una institución señorial: tenía licencia para cobrar diezmos bajo ciertas condiciones, poseer propiedades, tener siervos y cobrar derechos.
Un apartado destacable de la regla trata el derecho a la violencia dentro de los límites de la guerra santa, la Orden había nacido en Palestina por inspiración divina para defender los santos lugares y a los cristianos de la destrucción. La lucha contra los enemigos de Cristo no debía generar culpabilidad, todo lo contrario, era una acción necesaria para impedir la destrucción de la cristiandad.
Caballeros casados se asociaban a la milicia y al fallecer solían donar propiedades a la Orden, también se permitía a caballeros servir a la Orden por un tiempo definido, aportando un caballo y al finalizar el plazo recibía la mitad del valor del caballo. Se alentaba a los caballeros excomulgados a unirse a la Orden para expiar sus pecados y recibir el perdón de la Iglesia.
En 1165 se promulgan los “estatutos jerárquicos”, es un texto compuesto por 145 artículos que trata sobre las funciones, competencias, derechos y honores de las dignidades de la Orden:
·         Gran Maestre, también denominado Maestre General o Soberano Maestre: Se le asignaban cuatro caballos (uno más que al resto de freiles). El séquito estaba formado de dos prohombres de la Orden, un capellán, un clérigo, un sargento, un paje que portaba la lanza y el escudo, un intérprete de sarraceno, un cocinero y dos peones. Disponía de dos acémilas en tiempo de paz y de cuatro en tiempo de guerra para transportar su equipaje. Sus atribuciones eran muy amplias, pero antes de vender una propiedad de la Orden debía obtener la autorización del capítulo. No podía emprender una guerra, acordar una tregua o prolongarla sin la aprobación del capítulo o de su consejo privado. El capítulo nombraba a las principales dignidades de la Orden: el Senescal, el Mariscal, los comendadores de Jerusalén, de Acre, de Trípoli, de Antioquía, el Pañero del Convento y los maestres de las provincias de Occidente (Francia, Inglaterra, Aragón, Castilla, Portugal, Poitou, Pouille, Hungría, etc.). El Gran Maestre podía nombrar a los comendadores, tanto en el Capítulo como en el Consejo Privado. Tenía derecho de inspección de todos los dominios del Temple. No estaba capacitado para destinar a los freiles a Occidente o a Ultramar, la lista de los freiles que podían ser movilizados era confeccionada por el Mariscal, el Comendador de Acre, el Pañero y cuatro prohombres y la decisión correspondía al Capítulo. El consejo privado estaba capacitado para deponer a un Gran Maestre como sucedió con Renaud de Vichiers. Comía en reflectorio. Se le permitía hacer regalos para el beneficio de la Orden (cien besantes, una copa de oro o plata, un traje de vero, un caballo o una armadura). No podía conceder préstamos superiores a mil besantes. Los estatutos jerárquicos resumen su autoridad: “todos los hermanos del Temple deben obedecer a su Maestre y el Maestre a su convento”.
·         El Senescal: Es el lugarteniente del Gran Maestre, su séquito personal estaba constituido por un caballero, dos escuderos, un diácono, un intérprete de sarraceno, un indígena y un turco. Disponía de cuatro caballos, una tienda redonda y un sello. Cuando el Gran Maestre estaba ausente ejercía el control sobre las encomiendas. Podía regalar a un amigo de la Casa un palafrén, una mula, una silla de montar, una copa de plata o un traje de marta, pero siempre para beneficio de la Casa y con la aprobación del Capítulo. Cuando cabalgaba llevaba a su lado al Abanderado.
·         El Mariscal: Era el jefe militar de la Orden. Tenía imperio sobre las armas, los caballos, las provisiones, las máquinas de asalto, etc. Movilizaba las fuerzas del Temple, formaba los escuadrones y planeaba las tácticas de combate. Ordenaba las compras de caballos y mulas, bajo el consentimiento del Gran Maestre. Tomaba el mando en la batalla en ausencia del Gran Maestre o del Senescal. Al atracar los barcos con  los caballos procedentes de Occidente, inspeccionaba los animales y procedía a su reparto. El séquito del Mariscal estaba formado por dos escuderos, un hermano sargento y un indígena. Su tienda era redonda, pero más pequeña que la del Gran Maestre y del Senescal. No guardaba el sello y solo podía hacer regalos de poco valor a los amigos de la Casa, como una silla de montar o un arnés ligero, pero se le recordaba que lo hiciese con poca frecuencia. Sus adjuntos eran el Turcoplier, el Submariscal y el Abanderado.
·         El Turcoplier: Su función consistía en el mando de los hermanos sargentos en batalla y de las fuerzas auxiliares (denominadas turcopolos), tanto en tiempo de paz o de guerra. Disponía de cuatro caballos y de un turcomano. Cuando era enviado en una misión de exploración, asumía el mando del escuadrón. En la formación de batalla, recibía las órdenes del Mariscal y mandaba las fuerzas auxiliares. Por iniciativa propia no podía iniciar el ataque ni perseguir a los enemigos en retirada. El Turcoplier era un hermano sargento.
·         El Submariscal: Su misión consistía en supervisar el trabajo de los artesanos, armeros, la reparación y reparto de las armas, arneses, sillas de montar, ballestas, estribos, bridas, cascos, etc. Distribuía a los escuderos. Era un cargo reservado a los hermanos sargentos.
·         El Abanderado (Gonfalonero): Mandaba a los escuderos que servían al Temple por un tiempo (por caridad o a sueldo). Repartía a los escuderos entre las casas, paga su soldada y mantenía la disciplina. En campaña formaba los grupos de escuderos. El estandarte de la Orden era portado en tiempos de paz por un escudero, situado detrás del Abanderado y en tiempos de guerra por un indígena. El Abanderado era un hermano sargento.

martes 17 de enero de 2012

El Temple: Los Caballeros Convertidos en Monjes


No se conserva documentación contemporánea a la fundación, en torno a 1120, del primitivo grupo de los “pobres caballeros de Cristo”. Las fuentes documentales más próximas a la fundación son las crónicas de los obispos Guillermo de Tiro (mediados del siglo XII) y Jacobo de Vitry (primer tercio del siglo XIII) y la Crónica Ernoul, redactada en torno a 1230 por el monje de la abadía de Corbie, Bernardo el Tesorero.
Según la Crónica del arzobispo Guillermo de Tiro, un grupo de nueve caballeros encabezados por Hugo de Payns y Godofredo Saint-Omer, decidieron consagrarse al servicio de Cristo, ante la autoridad eclesiástica del Patriarca de Jerusalén, haciendo votos de vivir en perpetua castidad, obediencia y pobreza bajo la regla de los canónigos regulares. Cómo carecían de bienes para subsistir, el rey de Jerusalén les entrego el ala norte de su palacio, próxima al Templo del Señor. Los canónigos de la Cúpula de la Roca les donaron tierras próximas al Templo, a las que se agregaron donaciones del rey y de nobles del reino de Jerusalén. Los caballeros recibieron la misión del Patriarca de redimir sus pecados protegiendo los caminos de Jerusalén de ladrones y bandidos.
El segundo cronista, el obispo Jacobo de Vitry, basa su relato en la crónica anterior, pero añade nuevos datos. Los nueve caballeros pronunciaron los tres votos solemnes ante el patriarca de Jerusalén y vivieron nueve años de la caridad de los fieles, en gran pobreza. Pasado estos años, el rey de Jerusalén, el Patriarca y los nobles comenzaron a cederles bienes y a residir en palacio del rey, próximo al Templo del Señor, hecho por el cual eran llamados “templarios”. La defensa de los caminos fue un compromiso aceptado por los caballeros en el momento de su profesión ante el Patriarca, constituyéndose desde el principio en “Caballería del Rey Soberano”.
La Crónica de Ernoul, según la crítica actual, se basa en las dos anteriores y en relatos muy antiguos, incluso de personas contemporáneas a los hechos narrados. El esquema de la obra es distinto al presentado por las dos crónicas anteriores. Bernardo el Tesorero narra que unos caballeros procedentes de tierras muy diversas (no dice sus nombres) decidieron ir a Jerusalén y ponerse bajo la obediencia del Prior del Santo Sepulcro, pero transcurrido un tiempo, su vida no les satisfacía: pasaban el tiempo comiendo y bebiendo, sin una misión definida. Para remediar esta situación, con la autorización del Prior del Santo Sepulcro, eligieron un maestre y se presentaron ante el rey Balduino II. El rey recibió a los caballeros y después de escuchar su consejo, formado por el Patriarca, arzobispos, obispos y nobles, decidió apoyar a los caballeros otorgándoles tierras, castillos y villas. El rey obtuvo del Prior del Santo Sepulcro la absolución del compromiso de obediencia que le habían prestado los caballeros.
¿Qué modelo siguieron los fundadores del Temple al constituir la Orden? Durante el siglo XIX se planteó la posibilidad de la influencia de doctrinas islámicas en los orígenes del Temple. El primer autor que señala esta posibilidad fue el austriaco Joseph von Hammer, al encontrar semejanzas entre la secta shií de los “asesinos” y el temple. Por aquel tiempo el erudito español José Antonio Conde señalaría que el ribat musulmán inspiraría al Temple y al resto de órdenes militares. El ribat es un monasterio fortificado donde un grupo de fieles musulmanes se entregan a la jihad en su más amplio sentido, incluyendo acciones militares contra los infieles en un ambiente místico radical. A principios del siglo XX los filólogos Miguel Asín y Jaime Oliver reforzaron esta hipótesis que fue continuada a mediados del siglo XX por Américo Castro y Albretch Noth. Estos últimos sostienen que entre los cristianos y los musulmanes no se produjo una influencia institucional directa, más bien fueron pequeños contactos culturales que consciente o inconscientemente permitieron que ambas civilizaciones crearan instituciones diferentes en sus fundamentos ideológicos pero que respondían a las mismas necesidades contextuales. Autores de la talla como Joseph O’Callaghan o Derek W. Lomax, consideran que no es preciso recurrir a explicaciones fundadas en la interacción cultural, tan difíciles de negar como de demostrar, en la propia civilización cristiana existían todos los factores necesarios para dar origen a las órdenes militares.
Hugo de Payns, Godofredo Saint-Omer y el resto de sus compañeros se entregaron como donados o familiares al Prior de Santo Sepulcro o al Patriarca de Jerusalén (según la fuente consultada), lo cual justica que los canónicos de esas iglesias les otorgasen medios de subsistencia. Las iglesias estaban obligadas a costear la defensa del reino, aportando hombres y recursos materiales, así numerosas instituciones religiosas mantenían cofradías de caballeros, así en 1101, el Prior del Santo Sepulcro mantenía una cofradía de 30 caballeros. ¿Dónde está la innovación de la primitiva cofradía del Temple? Las necesidades militares del reino de Jerusalén hacían que tanto la iglesia como el rey no dejasen pasar la oportunidad de potenciar el compromiso religioso de los caballeros donados, vinculando la profesión religiosa con la misión de defender el amenazado reino. Los nuevos monjes en pocos años consiguieron para su orden plena autonomía, tanto del Patriarca como del rey de Jerusalén, quedando la Orden bajo la autoridad y la tutela del Papado.
En el año 1140, durante el maestrazgo de Roberto Craon, la Orden se dota de una regla, pero para llegar a esta consolidación institucional la Orden pasó por dos periodos. El primero de ellos lo constituyen los inciertos años anteriores al Concilio de Troyes, que tuvo lugar en 1129. La falta de noticias durante este periodo solo permite precisar que primeramente los donados dependieron del Prior del Santo Sepulcro y posteriormente, sobre el año 1120 prestaron votos solemnes ante el Patriarca de Jerusalén. Durante estos años vestían como los canónigos regulares, prestando sus servicios militares al reino.
Era necesario establecer un proceso que otorgase a la nueva orden unas características formales precisas. Para ello un concilio se prestaba como una excelente vía, otorgando a la nueva Orden un reconocimiento al más alto nivel e implicando a los prelados en la redacción de una regla que diese entidad jurídica.

Hugo de Payns partió hacia Occidente para solicitar el apoyo del Papa a la nueva Orden. Contaba con la intervención de San Bernardo en las siguientes sesiones conciliares. El texto de partida para la elaboración de la regla había sido redactado por Hugo y el Patriarca de Jerusalén. La regla que se aprobó en el Concilio de Troyes dejaba abierta su interpretación y modificación por el Papa y por el Patriarca de Jerusalén. Al llegar Hugo de Payns a Palestina lo presentó al Patriarca, Esteban de la Ferté, quien introdujo modificaciones, dando nacimiento a la primera regla de la Orden, “Regla Latina Primitiva” formada por 72 artículos, en 1130.
La complejidad del proceso de redacción de la regla se explica por dos razones: la falta de modelos en los que apoyar la religiosidad de los templarios y la lucha de poder entre el maestre y el Patriarca de Jerusalén. En esta primera regla la autoridad del Patriarca sale reforzada frente al maestre, pero desde el año 1125 Hugo de Payns hacía gestiones para que fuese el maestre la máxima autoridad dentro de la Orden. El objetivo de Hugo de Payns era que la magistratura del maestre fue elegida por los templarios, potenciando su carácter militar dentro de una espiritualidad y disciplina monacal, frente al modelo de los canónigos regulares. Balduino II apoyaba este modelo para la orden, dando cartas de recomendación dirigidas al Papa y sufragando los gastos del viaje. Por el resultado del Concilio se entrevé el apoyo papal, pero sin duda, el principal aliado de Hugo de Payns fue San Bernardo, abad de Claraval, referente espiritual en Occidente, comprometido en la reforma de la iglesia católica, de la orden del cister y gran impulsor del movimiento cruzado. La opción tomada en el Concilio de Troyes fue arriesgada, pero el tiempo mostraría la gran evolución que suponía aunar en una forma de vida cristiana plena, la defensa de la fe con las armas a través de una vida religiosa impulsada por la espiritualidad y la disciplina monacal. Los templarios serían verdaderos monjes guerreros defensores de la fe Cristiana, tan duramente atacada por el islam.

La necesidad de confirmar la conciencia de la nueva orden llevó a Hugo de Payns a pedir a San Bernardo la redacción del “Elogia a la Nueva Milicia”, verdadero monumento filosófico-teológico que no solo justifica el carisma de los templarios, más aun, demuestra la necesidad que tiene la cristiandad  de esta caballería religiosa para cumplir con la voluntad Divina. El Concilio de Troyes debido a la novedad del carisma religioso de los templarios dejó abierta la regla a las adicciones o modificaciones que el papa o el patriarca de Jerusalén deseasen introducir. El Patriarca introdujo modificaciones en la regla, entre otras razones, para manifestar su autoridad ante la misma. Durante el maestrazgo de Roberto de Craon se produce la plena autonomía de la orden frente al patriarca. Este movimiento fue apoyado por el rey  Fulco de Anjuo, dentro de una estrategia más amplia cuyo fin era potenciar la autoridad real frente a la eclesiástica, representada en el Patriarca. La orden del Temple se integra plenamente en los esquemas militares del reino. Jurídicamente la autonomía del Temple se manifiesta en la bula pontificia “Omne Datun Optimum” de Inocencio II: se otorga a la orden instrumentos jurídicos para lograr una autonomía jurisdiccional, se refuerza la autoridad  del maestre y se elimina la capacidad de intervención del patriarca de Jerusalén, el maestre y el capítulo tienen capacidad para modificar la regla de la orden, la creación de un cuerpo de clérigos templarios dependientes del maestre, la autoridad suprema queda en el papa, el cual solo intervendrá en casos de máxima gravedad. Las posteriores bulas papales solo reforzarán  y profundizarán estas exenciones que convierten a la orden del Temple en una verdadera orden monástica.

jueves 12 de enero de 2012

La Fundación de las Primeras Órdenes Militares

La Cruzada y su Significado

La cruzada fue una iniciativa pontificia que cohesionó el Occidente cristiano bajo el liderazgo papal. Gregorio VII había intentado ensayar sus efectos políticos cuando anuncio en 1074 al emperador Enrique IV que en calidad de “duce et pontífice” acaudillaría a 50000 voluntarios para liberar el sepulcro del Señor del poder de los paganos enemigos de Dios. Será Urbano II a través de su predicación en Clermont en el año 1095 quien iniciará el movimiento cruzado dotándolo de sus fines espirituales y materiales. La primera cruzada es ajena al emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico y también a los reyes cristianos occidentales.
Los nobles y caballeros que participan en la cruzada, convertidos en peregrinos en su largo viaje, reconocen al legado Pontificio, el obispo de Puy, Fulquerio de Chartes, como el sabio y prudente conductor del “ejército de Dios”, su líder indiscutible. La misión de los peregrinos es restablecer el Honor de Dios en la Tierra Santa que el infiel había mancillado.
Durante el siglo XII Occidente apoya unido y con entusiasmo la santa causa de Dios y su vicario. ¿Qué tiene de extraño la aparición de las primeras órdenes militares en este periodo de la civilización Occidental?

Órdenes Universales y Órdenes Territoriales

El nacimiento de la Orden del Temple  en Tierra Santa tiene una explicación sencilla. El reino de Jerusalén era reciente, se encontraba muy expuesto al ataque musulmán y estaba lejos de la Cristiandad latina. Eran necesarios instrumentos eficaces que permitiesen el mantenimiento de este reino que con tantos esfuerzos se había reconquistado de la profanación pagana. En su mantenimiento el papado se jugaba su prestigio y liderazgo.
Los Templarios y las sucesivas órdenes militares que se fueron constituyendo en Tierra Santa durante el siglo XII constituyen los más fieles exponentes de la misión pontificia de reconquista cristiana, una empresa universal que permitía la liberación de los cristianos oprimidos por la ilegítima ocupación realizada por los musulmanes. Estas órdenes militares pueden calificarse de universales, pues su fin es la liberación de los cristianos sometidos por los paganos, la defensa de los intereses de la Cristiandad en cualquier parte del mundo, bajo la dirección del Santo Padre. El sometimiento de las Órdenes miliares al Papa les confirió desde el primer momento una autonomía del poder secular de los reyes, siempre locales en comparación con el poder  procedente de la Santa Sede.
En la segunda mitad del siglo XII comienzan a surgir órdenes militares vinculadas a un territorio y una misión de reconquista cristiana en la península ibérica, fenómeno que continuará en el siglo XIII en centroeuropa. Los reinos hispánicos necesitan adaptar el modelo de las órdenes militares  nacidas en Tierra Santa “Universales” a sus necesidades particulares. Son los distintos reinos los promotores de las Órdenes militares, quedando en segundo lugar la Santa Sede. Cada reino establecerá su proyecto de reconquista y repoblación, en el que las órdenes militares jugarán prestarán un gran servicio.

miércoles 11 de enero de 2012

La Idea de Nobleza al final de la Edad Media

Los heraldos medievales consideraban el blasón como un elemento esencial en la manifestación de la condición de noble ante la sociedad. Las armas eran las insignias familiares, a las que tenían derecho por herencia, no por haber sido armados caballeros. El linaje era considerado algo esencial dentro de los círculos caballerescos desde sus inicios. En el siglo XI, el abad Bourgeuil se compadeció de un joven pobre y le educó para la caballería “porque era hijo de un caballero descendiente de un largo linaje de nobles”. Un cambio importante de la alta edad media fue dar menor importancia a la ceremonia de arma caballero, como iniciación a la orden y más importancia al linaje  noble del candidato. Ningún hombre que no pudiese señalar algún caballero entre sus antepasados podía ser elegido para ser hecho caballero. Esta condición aparece reflejada como ley en una ordenanza de Federico II a principios del siglo XIII. Solo el rey podía dispensar al candidato de este requisito.
La regla de los Templarios vigente en el siglo XIII establecía que solo podían ser caballeros de la orden (vistiendo las capas blancas) aquellos que demostrasen que eran legítimos hijos de un caballero,  una dama noble y que descendía por línea paterna de un linaje de noble.
A mediados del siglo XIII, muchos jóvenes de noble linaje prescindían de armarse caballeros formalmente, por el considerable gasto que ocasionaba la ceremonia. Aparece así, una nobleza de menor poder económico, descendiente de caballeros, que rehúsa armarse caballero, pero utiliza los escudos de armas que han heredado de sus antepasados caballeros. La caballería como orden empieza a perder su poder aglutinante del estamento noble (Reyes, Ricohombres, Señores, Hijosdalgo, Caballeros, Escuderos etc.). El linaje suplanta a la iniciación caballeresca como instrumento que certifica la nobleza. En los reinos hispánicos el termino hidalguía era utilizado para designar a la nobleza de sangre apta para recibir la caballería. En Alemania Rittermassig es el término empleado para distinguir a los nobles de menor rango en el Herschild: “hombres con el nombre y carácter de nobleza, pero que no son caballeros”. El término “chevalier” empieza a ser empleado en dos sentidos: persona que procede de un linaje de caballeros y que tiene medios económicos para mantener la tradición de ser armado caballero o persona que ha realizado un importante servicio al príncipe en el campo de batalla o en el consejo y ha sido armado caballero como recompensa. Por tanto,  el término chevalier pasa a significar tanto un linaje antiguo y rico como un linaje nuevo premiado por el soberano.
El termino caballero (chevalier) también adquiere nuevas significaciones: denota las obligaciones de todos los nobles, aunque no hayan sido armados caballeros ni lo vayan a ser. René Anjou al crear la Orden del Creciente, establece que podrán ser recibidos tanto los caballeros como los escuderos, insistiendo que todos los candidatos han de tener cuatro líneas nobles en sus ascendientes. Godofredo de Charny en su “Livre de Chevalerie”, estable el modo de vida, los valores y las obligaciones de todos los cristianos que han recibido la llamada de las armas y por tanto son “hombres de armas”, concediendo a estos aquello que era antes exclusivo y distintivo de los chevaliers.
A finales del siglo XIII, se hace aun más perceptible el cambio de significación de la caballería, estableciéndose el linaje como medio de atestiguar la condición de noble. Para aquellos que no eran de linaje noble, el camino del ennoblecimiento no era armarlos caballeros, el soberano concedía en su lugar la carta de nobleza. La Carta de nobleza detallaba el blasón, su uso en batalla, torneo, justas, rieptos, etc., establecía la transmisión de la condición de noble de los descendientes del agraciado y la facultad para ser armados caballeros. Al principio eran pocas las Cartas de nobleza que concedían los soberanos, pero al finalizar la alta edad media aumentó, los nobles de sangre comenzaron a marcaban una clara distinción entre la nobleza que hundía sus raíces en los orígenes del estamento guerrero y los nobles por designio real, muchos de los cuales nunca habían blandido una espada. La Carta de nobleza le permitía a su poseedor disfrutar de todos los derechos y privilegios de los nobles, siendo él mismo y sus descendientes nobles, que con el tiempo y la fortuna podrían formar linajes que entroncasen con los más antiguos y gloriosos.
La ceremonia de armar caballero, con su elaborado ritual en cada movimiento, estaba imbuida de un significado simbólico, iniciaba al hombre en una orden o estado definido por su función, los historiadores alemanes la llaman Berufstand.
La nobleza a finales de la edad media estaba siendo alimentada por nuevos linajes ennoblecidos que aportaban sangre nueva, a pesar de las limitaciones recogidas en los códigos legales. Aunque la valoración tradicional del linaje se había endurecido, no levantaba barreras insalvables. El matrimonio, un servicio valorado, la adquisición de tierras y el ennoblecimiento principesco, permitía que muchos hombres del estamento llano alcanzasen la condición de nobles plenos.
El noble pasa a identificarse con una condición social, un modo de vida fundamentado en el uso de armas, la administración de propiedades rústicas que le permite vivir sin ejercer un oficio manual, dejando de vincularse a la recepción de la iniciación caballeresca.
Jean de Budiel (apodado le Fléau des Anglais) escribió: “Nosotros, pobres soldados, pertenecemos al noble estado, pues la mayoría somos de noble linaje y aquellos que no son nobles por linaje lo son por el ejercicio y profesión de las armas, que es noble en sí misma”.

La Institucionalización del Oficio de Heraldo en la Edad Media

Al comienzo, el uso de los escudos de armas y su transmisión no se encontraba regulado por la ley. El “Book of Saint Albans” (1486) menciona cuatro razones por las que un hombre podía reclamar el derecho a portar un blasón: porque lo había heredado, por poseer un feudo particular, un cargo en la corte o por haber recibido de un príncipe o señor y por último, haber capturado en batalla a un enemigo que  poseyese un blasón. Muy pocos ejemplos medievales se acomodan a estos principios y la mayoría que lo cumplen son tardíos. Un ejemplo, es el príncipe Negro, después de capturar al rey Juan de Francia en la batalla de Poitiers, manifiesta su derecho a portar las armas de Francia. La primera concesión de un blasón a un caballero por parte de un príncipe fue tan tardía como 1338 y la concedió el emperador Luís de Baviera. En épocas tan avanzadas como el siglo XV, muchos hombres de armas tomaban libremente su blasón, sin necesidad de pedir permiso a un príncipe, un ejemplo lo tenemos en las palabras del jurista inglés Nicolás Upton: “vemos claramente cómo muchos hombres pobres se han ennoblecido gracias a sus servicios en las guerras francesas….., y muchos de estos han tomado armas por su propia autoridad, para ser llevadas por ellos mismos y sus heredereos”.

Upton seguía en esta cuestión la teoría del gran jurista Bartolo y no vio razón alguna para dudar de ella. En su célebre tratado “De Insiggniis et Armis” (1350), Bartolo defendía que los hombres eran tan libres de tomar armas, para distinguirse ellos y sus familias, como de adoptar un nombre (aunque siempre son preferibles las concedidas por un príncipe). La aparición de las denominadas armas parlantes, confirma la idea de comparar el derecho a portar armas con el derecho a tener un nombre. Así, el emblema de Ricardo de Lucy en el siglo XII era un lucio, las copas de mayordomo están en el escudo de sir John le Botiler en el siglo XIII. La primitiva heráldica germánica está dominada por las armas parlantes, como ejemplo podemos consultar el Armorial de Zurich (hacia 1335): los Helmshoven llevan un yelmo de oro en campo de gules, los Affenstein tienen un mono de gules (affe en alemán) rompiendo una piedra (stein) en campo de plata, Ot den Rand tenía un blasón con un nabo (rande) en campo de sable, una elección extraña de este poco artístico vegetal. Las armas parlantes nos introducen en el simbolismo de la heráldica, muchas veces basado los orígenes legendarios del linaje. Aquí los eruditos encontraron un inagotable filón para sus bolsillos. Así, Upton revela en secreto de las tres perdices del blasón que el conde de Salisbury concedió a un caballero como premio a sus servicios en campaña. El conde de Salisbury o su Rey de armas habían escogido la perdiz por sus hábitos sexuales aberrantes y aborrecibles, pues el macho montaba al macho, el portador de este escudo era considerado un gran mentiros o sodomita. Los heraldos establecían una relación entre las virtudes caballerescas y los colores. El nobleza (gules), lealtad (azur), largueza (púrpura), etc. La analogía se extendía posteriormente a las gemas y los planetas.
Los blasones pasaron de ser un emblema para identificar a los combatientes en el campo de batalla para representar el poder, la gloría, las alianzas y la historia del linaje. Las cadenas presentes en los blasones de los Zúñiga navarros, recuerdan el papel de sus antepasados en la batalla de las Navas de Tolosa, al lado de su rey Sancho el Fuerte.

Hacia fines del siglo XIV, los heraldos habían obtenido prestigio y reconocimiento dentro del mundo caballeresco. Eran expertos en heráldica, en el protocolo de las justas, los torneos, los retos, juicios de Dios, coronaciones, ceremonias de armar caballeros, funerales, etc. La Caballería debía parte de su reconocimiento social al boato y la liturgia de sus celebraciones, en este papel, los heraldos eran “los publicistas” de este estamento social. En tiempo de guerra, los heraldos tenían amplias funciones: establecer las listas de escuderos que podían ser armas caballeros conforme a la tradición, tomaban nota de los fallecidos en campaña, de los hombres de armas (guerreros, escuderos, caballeros, señores, etc.) que se habían distinguido en la lucha por su valor, actuaban como mensajeros entre los contendientes, transmitían la intención de sus señores de presentar un desafío, una tregua, una redición, etc.

Los heraldos superiores eran denominados reyes de armas, actuando en muchas ocasiones como diplomáticos. Sir Anthony Wagner señala que el encumbramiento de los heraldos se debió al importante papel que desempeñaban en la escenografía de los torneos. La profesión establece un cursus honorum: persevante (aprendiz), heraldo (con una gran variedad de puestos, dependiendo del señor al que sirviese) hasta el rey de armas, máxima autoridad en heráldica en un reino. Como ejemplo del prestigio alcanzado por los reyes de armas, podemos citar las palabras del rey de armas de Anjou, “le bon Calabre”, como la coronación de “Charlot” como rey de armas de Francia por el rey Carlos V (fallecido en 1380) había sido un noble y gran acontecimiento y añadió que había oído que el rey de Inglaterra hizo todavía más en la coronación de su heraldo jefe. Calabria se remonta orgullosamente hasta la mítica fundación de la orden de los heraldos en los tiempos clásicos y recuerda a sus hermanos franceses que ya en la antigüedad eran honrados.

Al final de la edad media, los heraldos tenían la obligación de registrar todos los blasones de los caballeros del reino, como los que extranjeros que lo visitaban. En los armoriales no solo describían las armas, las cimeras, los gritos de guerra, cada vez era más importante establecer la historia y la genealogía del linaje que portaba el blasón. Los heraldos se convirtieron en expertos en genealogía. Ejemplos los tenemos en los armoriales franceses del heraldo Navarra en el siglo XIV y el armorial de Berry del siglo XV.

jueves 18 de agosto de 2011

Los Inicios de la Heráldica

La heráldica la podríamos definir como el uso sistemático de símbolos hereditarios en el escudo de un caballero o de un hijodalgo, empezó  seguir unas reglas establecidas a fines del siglo XII. Existen referencias dispersas referentes a los heraldos de armas en textos del siglo XII, no está claro que a estos oficiales les concerniese juzgar cuestiones relativas al uso del blasón, cuestión que centraría posteriormente su actividad.
Desde los primeros tiempos de la humanidad, las fuerzas militares han utilizado emblemas de muchos tipos con la finalidad de reconocer en el campo de batalla a las diversas fuerzas contendientes. En la edad media los guerreros empleaban una gruesa armadura que protegía todo el cuerpo, ocultando la identidad del hombre de armas y por lo tanto hacia difícil su identificación. En los Torneos era muy importante que se reconociese a cada caballero, para saber quien había ganado y quien quedaba prisionero y por tanto obligado a satisfacer un rescate para recobrar la libertad. Chrétien de Troyes nos proporciona una viva imagen de los caballeros que acudían al gran torneo de Noauz y Pomelegloi: 

“¿Veis aquel con una banda de oro en el escudo?. Es Governal de Roberdic. ¿Veis después a aquel que ha puesto en su escudo un águila luchando con un dragón?. Es el hijo del rey de Aragón, que ha venido a esta tierra para conquistar honor y mérito….”
Al principio, los emblemas heráldicos sólo se exhibían pintados en el escudo, pero pronto llegaron a lucirse en las sobrevestas de los caballeros y en los arreos de sus caballos, así como en los sellos, en las tumbas y estatuas etc. Los blasones no son simples emblemas que identifican a un noble, representan un lenguaje perfectamente estructurado que nos informan sobre las ramas procedentes un mismo solar (brisuras a través de lambeles o modificaciones en las piezas armeras) y de la mentalidad de sus poseedores (¿por qué un linaje se identifica con una garza, otros con un león, un caldero o una torre, etc.?). Con el transcurrir de los siglos los blasones se hacen más sofisticados, perdiendo en parte la sencillez original (cuya finalidad era la identificación rápida y sin lugar a dudas del caballero en medio del combate) para representar la genealogía del poseedor, los triunfos y la gloria alcanzada por el linaje  mediante la representación de piezas de honor como bordura en memoria de la sangre derramada en la defensa de la fe, o que recuerdan la particiapación en una gran batalla, como las cadenas en memoria de la Batalla de Navas  de Tolosa en 1212 o la Cruz de San Andrés en memoria de la Batalla de Baeza en 1227 que ha venido a denominarse Bordura  Aspada Española. En  el profundo y misterioso simbolismo reposa la gran atracción que la herálica ha generado en los hombres de todas la épocas, pues el blasón habla a aquienes se esfuerzan por conocer la historía del linaje y la mentalidad de sus poseedores. Otra cuestión que debemos tener presente es la naturaleza esencialmente europea de la heráldica,  en el mundo musulmán no hay nada semejante a la heráldica, simplemente porque en esta cultura no existe linajes ni mayorazgos.
Bajo esta perfectiva los escudos de los guerreros normandos pintados en el tapiz de Bayeux, no son una manifestación heráldica plena, ya que se puede asegurar que representaban blasones hereditarios regidos por unas normas preestablecidas. En el siglo XII se adquirían escudos pintados de antemano.

La descripción que da Juan de Marmoutier, del acto de armar caballero a Godofredo el Hermoso parece demostrar que por el año 1128, el diseño del blasón familiar no se hacía por capricho o al azar. La tradición dice que a Godofredo le colgaron ese día, un escudo que era de campo de azur cargado con leoncillos dorados. En la tumba de Godofredro, de 1152, aparecen seis leoncillos en campo azur. Su hijo Guillermo llevaba un solo león, y su nieto bastardo, Guillermo de Salisbury, lleva las mismas armas que Godofredo. El león pasó a ser el emblema del linaje angevino.
Las armas ajedrezadas de Meulan aparecen en un sello del conde Galeran de Meulan, fechado hacia 1136 y también lo hacen en dos sellos de su tío paterno Raúl de Vermandois, (1135 y 1146), pasando a ser hereditarias en ambas Casas. El león güelfo aparece en el sello de Enrique el León de Sajonia en 1144 y también el sello de su pariente Welf de Toscana en 1152.
Los primeros ejemplos del uso de escudos de armas nos ponen en contacto con un sector limitado de la nobleza, las poseedoras de grandes feudos y riquezas. Las primeras noticias del uso de escudos de armas indican que solo los linajes que eran capaces de presentar en el campo de batalla un contingente importante  de hombres de armas, enarbolan sus blasones individuales. Los primeros documentos (rolls, Clipearius Teutonicorum, etc.) de armas registran únicamente las armas de la nobleza más poderosa. A partir del siglo XIII, el uso de sellos nobiliarios se extiende a los escuderos e hidalgos que no habían recibido formalmente el orden de la caballería. La heráldica, que en sus orígenes estaba reservada para la aristocracia, llegó a representar el orgullo de nacimiento, la posición social y la cultura de toda la nobleza (desde el rey al hidalgo que servía como escudero). Así, a fines de la Edad Media, los límites de la nobleza se ensancharon para abarcar, junto a los caballeros, a los escuderos, a los hombres de armas, al Rittermasigkeit alemán e incluso a los patricios urbanos y el derecho a tener blasón llegó a desplazar el acto de recibir la caballería como condición que posibilitaba la inclusión en el poderoso círculo de la caballería (nobleza personal o de oficio).
La heráldica llegó a convertirse en una rama del saber caballeresco porque el arte de blasonar se sistematizó. Si una de las características distintivas de la heráldica era facilitar la transmisión de los blasones en los linajes nobles, la otra consistió en la creación de un lenguaje claro, preciso y aceptado en toda la Cristiandad. Los colores se limitaron a cinco: azur, gules, sinople, sable y púrpura; los metales a dos: oro y plata; las pieles a dos: armiños y veros (martas cibelinas). El francés se aceptó como fuente de los términos técnicos. Las piezas armeras fueron definidas con precisión (jefe, faja, chebrón, banda, barra, bordura, etc.), delimitándose su número, como sucedió con los pájaros y las bestias. La descripción textual de los blasones permitió que no fuese necesario dibujar un escudo para blasonarlo; se comenzaba con el campo, luego la pieza principal, después las secundarias y finalizaba con las brisuras (así el lambel era el símbolo del hijo mayor). Los primeros documentos (rolls) ingleses de armas figuran en los armoriales de Glover (hacia 1255) y el francés de Bigot hacia 1254. Las reglas se explican detalladamente en los primeros tratados de heráldica, como el anónimo de Heraudie, de finales del XIII.

martes 16 de agosto de 2011

El Grial: Puente entre las Tradiciones Caballerescas de la Vieja Ley y la Nueva Ley

Los reyes Valois de Francia, en el siglo XIV, fueron guerreros y patrocinadores de traductores, encargando versiones de Tito Livio, Valerio Máximo, de Amicitia y del Senectute de Cicerón y de la Ética y la Política de Aristóteles. De la história clásica y de tratados como los de Vegecio, la caballería extraía lecciones que ni la épica ni la narrativa podían enseñar tan eficazmente. Aquí, los caballeros encontraron un nuevo significado en la disciplina y en el entrenamiento: que el militar bisoño necesitaba mantener su físico en buen estado, la obediencia en campaña, etc. En la obra titulada “La Vida del Gran Mariscal Jean de Boucicaut”, se hacía especial mención a los ejercicios físicos (como la respiración) para mantenerse en forma, saltar y trepar con la armadura completa, subir por escalas sin apoyar los pies. La disciplina del Mariscal era severa (siguiendo el ejemplo de Escipión), no podía haber mujeres en el campamento, se prohibía el consumo de alcohol, etc. Habiendo oído hablar de Demóstenes, ejercitaba la elocuencia cuando se dirigía a sus soldados y el razonamiento con los pueblos dominados. De los grandes hombres de armas de la antigüedad, la caballería elevo al panteón de grandes héroes a Héctor, Alejandro, Escipión y Julio César.

En la Edad Media pocos dudaban de la historicidad de Artús, la figura principal de la tercera materia, la denominada Materia de Bretaña en la Chanson des Saisnes. Los autores que escribieron sobre la Materia insistieron en que se basaban en autoridades acreditadas, Godofredo de Monmouth, en su Historia de los Reyes de Gran Bretaña, sostenía que había existido un libro muy antiguo en lengua britona. Se daba por sentado que la Demanda del Santo Grial había sido recopilada por Wather Map, basándose en un documento que recogió el testimonio de Boores, recopilado por los clérigos de Artús. En 1191 se descubrieron las tumbas de Artús y Ginebra en la abadía de Glastonbury. Los clérigos del siglo XV realizaron un gran trabajo de erudición, recopilando los nombres de todos los caballeros de las Tabla Redonda que aparecen en las novelas del Ciclo, escribiendo las biografías y recopilando sus escudos de armas. 
La mitología celta era la gran mina para los argumentos de las novelas artúricas. Las versiones bretonas eran la principal fuente para los autores franceses; y estas leyendas fueron con certeza la fuente de los famosos Lais de María de Francia, en particular la historia de de amor de Tristán y la del hada amante del caballeron del rey Artús. La extraordinaria escultura artúrica en la arquivolta de la catedral de Módena, que representa a Artús y sus caballeros (Galván y Keu entre ellos) yendo al rescate de la reina Ginebra, es poco más antigua que el libro de Godofredo de Monmouth. En versiones orales (y algunas escritas que se han perdido) la leyenda estaba ampliamente esparcida por toda Europa Occidental del siglo XII y los novelistas y artistas se inspiraban en ella para sus obras.
Una influencia no céltica presente en las novelas Artúricas es el tema del lujo (oro, plata, esmeraldas, rubíes, mantos de armiño, en cantidades deslumbrantes) que proviene del próximo Oriente (Bizancio, Bagdad, etc.). Las novelas del ciclo de Artúrico influyeron mucho en la imagen ideal del caballero andante y otorgaron su lugar legítimo al torneo como prueba de valor en la literatura ejemplar de la caballería. En las antiguas leyendas célticas, como en las clásicas, las mujeres tenían un papel más importante que en las historias de Carlomagno o en la épica germana heroica. Los escritores artúricos incluyeron en sus relatos el erotismo de la lírica trovadoresca hasta un grado no conocido en la literatura medieval Occidental. El camino lo abrió Chrétien de Troyes, que conocía bien las obras provenzales y de Ovidio. Sus novelas muestran profundidad en los sentimientos afectivos de sus héroes y heroínas. El amor se muestra como una fuerza que incita al caballero a probarse a sí mismo, a demostrar a su señora su mérito. Un ejemplo lo encontramos en  El Victorial, obra que narra las aventuras del conde don Pero Niño y los pasajes de amor entre don Pero y la dama en cuyo castillo estuvo alojaado en Francia, escrita por su alférez Gutierre Díez de Games. “Si verdad es que los hombres henamorados son más fuertes, e fazen más, e son mejores, por amor de sus amigas, que fazen de bien, el que tal amiga avía como Janeta de Berlangas madama de Xirafotayna”. El biógrafo de Boucicaut habla en el mismo sentido: “Podemos ver cómo el amor incita a los hombres a altas hazañas desde las historias de Lancelot y Tristán, y podemos ver lo mismo en aquellos nobles a quienes el servicio del amor ha insipirado el valor en Francia y en nuestros propios días, Oton de Grandson y el Buen Condestable, Luís de Sancerre y otros muchos también”.
El iniciador de la leyenda Artúrica, Godofredo de Monmouth en la que encontramos alusiones a la Heidenkrieg y a los fundamentos de las Cruzadas en el pasaje que describe la batalla entre los bretones y los sajones en Bath:
 “Vosotros que habéis sido marcados con la fe cristiana, tened presente la lealtad que debéis a vuestra madre patria y a vuestros compatriotas- exclamó el arzobispo Dubricius -. Cualquiera que sufra la muerte por sus hermanos se ofrece a sí mismo como sacrificio vivo a Dios y sigue con firmes pasos a Cristo…, pues si cualquiera de vosotros sufre la muerte en esta guerra, esa muerte será para él una penitencia y la absolución de todos sus pecados”.
La historia del Grial no sólo hizo posible que la narrativa caballeresca se convirtiera en vehículo del misticismo eucarístico, sino que tendió un puente que enlaza las raíces de la función guerrera indoeuropea con la Historia Sagrada de la Cristiandad.
José de Arimatea obtuvo de Pilatos la copa con la que Jesús celebró la última Cena, que además según la tradición sirvió para recoger las gotas de sangre que derramó Longinos con su lanza, del costado de Jesús. Después de la Ascensión, Jesús entregó a José de Arimatea estando en prisión. Esta copa se vincula estrechamente con el trío de Mesas: La Mesa de la última Cena, la mesa del Grial (que construyó José en el desierto) y la Tabla Redonda. Galaz, que provenía del linaje de David y del de José, a través de nobles caballeros, une la historia del Antiguo Testamento, que presagiaba la venida de Jesús, con  la nueva ley, teniendo la caballería cristiana un origen y legitimidad independiente al de la Sede de Pedro.
En el Seudo Turpín, Lancelot pregunta a la Dama del Lago si había existido un caballero que cumpliera con todas las virtudes de la caballería y le contestó que habían existido en la época que Israel había sido fiel a Dios luchando contra los filisteos y otros pueblos infieles, destacando Juan Hircano y Judas Macabeo. El interés por los orígenes de la caballería en la Historia Sagrada se confirma con la traducción del siglo XII del libro de los Jueces encargada por los Caballeros del Temple. En la introducción se alecciona a aprender la caballería del tiempo de los Jueces y verá “que honor es servir a Dios de esta manera y cómo Él recompensa a los suyos”. Las historias de la conquista de Tierra Santa por Josué y de su defensa por David y Judas Macabeo fueron un claro presagio, para los caballeros de los siglos XII y XIII de las expediciones a Ultramar y ayudó a definir las Cruzadas como la más alta expresión de actividad caballeresca.
Jean  de Longuyon en su Voeux du Paon (una interpolación del siglo XIV en el Roman de Alexandre) afirma que hay tres campeones de la caballería de la Vieja Ley: Josué, David y Judas Macabeo; tres campeones de la caballería pagana: Héctor, Alejandro y Julio César; y tres campeones de la ley nueva ley: Artús, Carlomagno y Godofredo de Bouillon.

Los tres héroes judíos nos hacen presente que Israel fue la nación escogida por Dios y en ella se depositó la Ley y la espiritualidad que preparó la venida de Cristo, el Mesías para toda la humanidad, en un momento de la historia Occidental en el que Roma representaba la Paz y Prosperidad de los pueblos. Una paz conseguida a través de la caballería pagana. La caballería Cristiana representa la fusión de una caballería indoeuropea ( de origen grecorromano, céltico y germánico  ) y la del pueblo judío.