Al comienzo, el uso de los escudos de armas y su transmisión no se encontraba regulado por la ley. El “Book of Saint Albans” (1486) menciona cuatro razones por las que un hombre podía reclamar el derecho a portar un blasón: porque lo había heredado, por poseer un feudo particular, un cargo en la corte o por haber recibido de un príncipe o señor y por último, haber capturado en batalla a un enemigo que poseyese un blasón. Muy pocos ejemplos medievales se acomodan a estos principios y la mayoría que lo cumplen son tardíos. Un ejemplo, es el príncipe Negro, después de capturar al rey Juan de Francia en la batalla de Poitiers, manifiesta su derecho a portar las armas de Francia. La primera concesión de un blasón a un caballero por parte de un príncipe fue tan tardía como 1338 y la concedió el emperador Luís de Baviera. En épocas tan avanzadas como el siglo XV, muchos hombres de armas tomaban libremente su blasón, sin necesidad de pedir permiso a un príncipe, un ejemplo lo tenemos en las palabras del jurista inglés Nicolás Upton: “vemos claramente cómo muchos hombres pobres se han ennoblecido gracias a sus servicios en las guerras francesas….., y muchos de estos han tomado armas por su propia autoridad, para ser llevadas por ellos mismos y sus heredereos”.
Upton seguía en esta cuestión la teoría del gran jurista Bartolo y no vio razón alguna para dudar de ella. En su célebre tratado “De Insiggniis et Armis” (1350), Bartolo defendía que los hombres eran tan libres de tomar armas, para distinguirse ellos y sus familias, como de adoptar un nombre (aunque siempre son preferibles las concedidas por un príncipe). La aparición de las denominadas armas parlantes, confirma la idea de comparar el derecho a portar armas con el derecho a tener un nombre. Así, el emblema de Ricardo de Lucy en el siglo XII era un lucio, las copas de mayordomo están en el escudo de sir John le Botiler en el siglo XIII. La primitiva heráldica germánica está dominada por las armas parlantes, como ejemplo podemos consultar el Armorial de Zurich (hacia 1335): los Helmshoven llevan un yelmo de oro en campo de gules, los Affenstein tienen un mono de gules (affe en alemán) rompiendo una piedra (stein) en campo de plata, Ot den Rand tenía un blasón con un nabo (rande) en campo de sable, una elección extraña de este poco artístico vegetal. Las armas parlantes nos introducen en el simbolismo de la heráldica, muchas veces basado los orígenes legendarios del linaje. Aquí los eruditos encontraron un inagotable filón para sus bolsillos. Así, Upton revela en secreto de las tres perdices del blasón que el conde de Salisbury concedió a un caballero como premio a sus servicios en campaña. El conde de Salisbury o su Rey de armas habían escogido la perdiz por sus hábitos sexuales aberrantes y aborrecibles, pues el macho montaba al macho, el portador de este escudo era considerado un gran mentiros o sodomita. Los heraldos establecían una relación entre las virtudes caballerescas y los colores. El nobleza (gules), lealtad (azur), largueza (púrpura), etc. La analogía se extendía posteriormente a las gemas y los planetas.
Los blasones pasaron de ser un emblema para identificar a los combatientes en el campo de batalla para representar el poder, la gloría, las alianzas y la historia del linaje. Las cadenas presentes en los blasones de los Zúñiga navarros, recuerdan el papel de sus antepasados en la batalla de las Navas de Tolosa, al lado de su rey Sancho el Fuerte.
Hacia fines del siglo XIV, los heraldos habían obtenido prestigio y reconocimiento dentro del mundo caballeresco. Eran expertos en heráldica, en el protocolo de las justas, los torneos, los retos, juicios de Dios, coronaciones, ceremonias de armar caballeros, funerales, etc. La Caballería debía parte de su reconocimiento social al boato y la liturgia de sus celebraciones, en este papel, los heraldos eran “los publicistas” de este estamento social. En tiempo de guerra, los heraldos tenían amplias funciones: establecer las listas de escuderos que podían ser armas caballeros conforme a la tradición, tomaban nota de los fallecidos en campaña, de los hombres de armas (guerreros, escuderos, caballeros, señores, etc.) que se habían distinguido en la lucha por su valor, actuaban como mensajeros entre los contendientes, transmitían la intención de sus señores de presentar un desafío, una tregua, una redición, etc.
Los heraldos superiores eran denominados reyes de armas, actuando en muchas ocasiones como diplomáticos. Sir Anthony Wagner señala que el encumbramiento de los heraldos se debió al importante papel que desempeñaban en la escenografía de los torneos. La profesión establece un cursus honorum: persevante (aprendiz), heraldo (con una gran variedad de puestos, dependiendo del señor al que sirviese) hasta el rey de armas, máxima autoridad en heráldica en un reino. Como ejemplo del prestigio alcanzado por los reyes de armas, podemos citar las palabras del rey de armas de Anjou, “le bon Calabre”, como la coronación de “Charlot” como rey de armas de Francia por el rey Carlos V (fallecido en 1380) había sido un noble y gran acontecimiento y añadió que había oído que el rey de Inglaterra hizo todavía más en la coronación de su heraldo jefe. Calabria se remonta orgullosamente hasta la mítica fundación de la orden de los heraldos en los tiempos clásicos y recuerda a sus hermanos franceses que ya en la antigüedad eran honrados.
Al final de la edad media, los heraldos tenían la obligación de registrar todos los blasones de los caballeros del reino, como los que extranjeros que lo visitaban. En los armoriales no solo describían las armas, las cimeras, los gritos de guerra, cada vez era más importante establecer la historia y la genealogía del linaje que portaba el blasón. Los heraldos se convirtieron en expertos en genealogía. Ejemplos los tenemos en los armoriales franceses del heraldo Navarra en el siglo XIV y el armorial de Berry del siglo XV.
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