El ejercicio de la Caballería es un medio para alcanzar la unión con Dios. En las obras del ciclo del Graal vemos como aparecen misteriosos caballeros que al llegar a la vejez se retiran del mundo, viviendo en pequeñas chozas próximas a una capilla. Estos caballeros, después de haber ejercitado la caballería durante su juventud y madurez han alcanzado un estado de paz interior que podemos asemejar a la beatitud. Perceval, Galaz, Boores, Galvan, etc., al encontrarse con estos caballeros ascetas abren sus corazones y reciben sabios consejos con los que pueden enfrentarse a los peligros de su pelegrinar.
El joven escudero recibe de su maestro una formación militar y moral que le permite iniciar su vida caballeresca, cuando es armado caballero ha alcanzado una maestría en el uso de las armas y tácticas caballeresca que le capacitan para servir a la sociedad como un milites. Al finalizar su vida activa como caballero, el buen caballero ha dominado sus vicios y pasiones, viviendo en paz consigo mismo y con los demás, pero aun le queda una misión por cumplir. Su sabiduría debe perfeccionarse con el ayuno y la vida dedicada a la contemplación. Esta vida puede parecer opuesta a la propia del ejercicio de las armas, pero realmente representa su sublimación, después de haber vencido a los demonios internos y externos, el buen caballero, el noble asceta debe ayudar a los jovenes caballeros en la busqueda de Dios por medio de su oficio, que no es otro que defender al indefenso de los poderosos.
En nuestra época se hecha en falta la presencia de los ascetas, todo oficio debería permitir alcanzar la beatitud, la unión indisoluble con nuestro creador. De Dios procedemos y al debemos regresar, pues solo en Dios nuestra alma reposa libre de pasiones. La disciplina caballeresca es un medio, nunca un fin, solo el amor a Dios y su creación nos abre las puertas de la beatitud.
En el siguiente artículo se desarrolla el concepto de la beatitud, tan olvidado (denostadado) en nuestra sociedad como apreciado en la antiguedad por todas las civilizaciones y culturas.
Beatitud griego μαχαφια; latín beatitudo; inglés blessedness; francés béatitude; alemán Seligkeit; italiano beatitudine). El significado de este término puede distinguirse del de felicidad (véase), del que es sinónimo, porque designa un estado de satisfacción completa, perfectamente independiente de los problemas del mundo. Aristóteles, que a veces usa indistintamente este término y el de felicidad, relaciona la beatitud con la contemplación y la aplica a la medida que en los diferentes seres vivientes tiene la actividad contemplativa. Así, toda la vida de los dioses es beata, por ser totalmente contemplativa. A los hombres corresponde una especie similar de vida, porque sólo de tanto en tanto se dan a la contemplación; los animales nunca son beatos, por carecer de actividad contemplativa (Ét. Nic., X, 8, 1178 b 9 ss.). Es evidente que entre los hombres el sabio es el más beato (Ibid., I, 11, 1101 b 24). En la filosofía postaristotélica y, sobre todo, en la estoica, la beatitud del sabio es un tema muy difundido objeto de muchos ensayos (cf. De vida beata de Séneca) y en el neoplatonismo de Plotino, la crítica de la felicidad tal como la entienden estoicos y aristotélicos (Enn., I, 4) va acompañada del concepto de una beatitud inactiva, ya que es diferente a toda realidad exterior. «Los seres beatos son inmóviles en sí mismos y les basta ser lo que son: no se arriesgan a ocuparse de cosa alguna, porque ello los haría salir de su estado, pero tanta es su felicidad que, sin elegir, realizan grandes cosas y hacen mucho al quedar inmóviles en sí mismos» (Ibid., III, 2, l). Del neoplatonismo en adelante se puede decir que el concepto de beatitud se ha distinguido en forma cada vez más precisa del de felicidad, relacionándose estrechamente con la vida contemplativa, con el abandono de la acción y con la actitud de la reflexión interior y del retorno a sí mismo. La tradición cristiana obró en el mismo sentido, relacionando la beatitud con una condición o estado independiente de las vicisitudes mundanas, aunque dependiente de la disposición interna del alma. La doctrina aristotélica de la felicidad propia de la vida contemplativa, sirvió de modelo a los escolásticos para la elaboración del concepto de beatitud. Santo Tomás dice que la beatitud es «la última perfección del hombre», o sea la actividad de su más alta facultad, el entendimiento, en la contemplación de la realidad superior, o sea la de Dios y de los ángeles. «En la vida contemplativa el hombre se comunica con las realidades superiores, es decir, con Dios y con los ángeles, a los cuales se asimila también en la beatitud.» Por lo tanto, el hombre obtendrá la beatitud perfecta en la vida futura que será totalmente contemplativa. En la vida terrena el hombre sólo puede alcanzar una beatitud imperfecta, en primer lugar por la contemplación y en segundo lugar por la actividad del entendimiento práctico que ordena las acciones y las pasiones humanas, esto es, por la virtud (S. Th., II, I, q. 3, a. 5). En la edad moderna el concepto de beatitud y el de felicidad se han diferenciado cada vez más, refiriéndose el primero a la esfera religiosa y contemplativa y el segundo a la esfera moral y práctica. Se puede decir que el único filósofo que unió estos dos significados, y no por mera confusión, fue Espinosa, para quien la beatitud «no es nada más que la satisfacción misma del ánimo que nace del conocimiento intuitivo de Dios» (Eth., IV, cap. 4), a la que identifica con la libertad y con el amor constante y eterno del hombre a Dios, o sea con el amor de Dios a los hombres en cuanto se ama a sí mismo (Ibid., V, 36, scol.). Pero dado que la intuición de Dios o el amor intelectual de Dios significan para Espinosa el conocimiento del orden perfecto de las cosas del mundo (Ibid., V, 31-33), el carácter místico-religioso o contemplativo de la beatitud se identifica con el carácter mundano y práctico de la felicidad. El mismo significado tiene la beatitud en la obra de Fichte Introducción a la vida beata (1806). Aquí se define la beatitud, en forma tradicional, como la unión con Dios, pero Fichte se preocupa de despojarla de su significado contemplativo tradicional, considerándola como el resultado de la moralidad operante misma y no como un «sueño devoto» (Werke [«Obras»], V, p. 474).
En el pensamiento moderno la noción y la palabra beatitud han dejado de tener un uso propiamente filosófico. Aparte de su significado religioso, algunos psicólogos la consideran útil para indicar determinados estados patológicos de alegría, que se caracterizan por el completo olvido de la realidad (Pierre Janet, De l'angoisse à l'extase, III, cap. II).
Nicola Abbagnano, Diccionario de filosofía [1961]
Fondo de Cultura Económica, México 1963 (2ª 1974)
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