La lectura de la vida de los grandes caballeros nos permite comprender que existía un modelo convencional de las etapas que debía seguir todo caballero que desease alcanzar la gloría y la fama.
Tomás III, marqués de Saluzzo, durante su cautiverio a manos del conde de Saboya escribió una extensa obra titulada “El Caballero Errante”. Uno de sus personajes que resulta ser Galeás de Mantua, al que describe como un perfecto caballero pasó por las etapas de caballero andante, lucho en Francia contra los ingleses, pelegrino a tierra Santa, en Chipre bajo el mando del rey, atravesó Alemania y en Hungría bajo la bandera del rey luchó contra los turcos. Se le compara con Tristán de Leonis y con Palamedes. Otros ejemplos de biografías de caballeros que cumplen con el modelo de Godofredo de Charny son las biografías de Arnoldo de Ardres y Guillermo el Mariscal (hijo del barón Juan Fitzgilbert). Estos ejemplos muestran que durante el siglo XII ya existía un modelo de vida caballeresca (con su cursus honorum) establecido y arraigado. El elemento cortes es de gran importancia en la vida de los caballeros, ambos ejemplos muestran como el progreso en la escala social se logra al servicio de los grandes señores y reyes. Por este motivo, las maneras cortesanas son cultivadas por todo caballero con aspiraciones (baile, poesía, justas, torneos, cortejar a las damas, etc.). Este mundo comenzó a formase un siglo antes a principios del siglo XI, debido a evoluciones en el arte de la guerra, la sociedad y la literatura.
La aparición de estribo, permitió un mayor control del caballo y el uso de una pesada lanza colocada debajo de la axila derecha con la que cargar contra el enemigo. Esta forma de combatir a caballo llegaría a ser la clásica durante la edad media. El caballero que combatía de esta manera necesitaba un equipo más caro: uno o varios escuderos para auxiliar al caballero, un fuerte corcel, una armadura, lanzas, estribos, silla de montar, arzón, espuelas, escudo, yelmo, etc. Además de una mayor instrucción que solo se conseguía en las justas y torneos, en estos además de arriesgar su integridad física podía caer prisionero (debiendo pagar un rescate), perder el caballo o destrozar sus armas. Para costear los gastos que ocasionaba el ejercicio de la caballería, el caballero debía poseer un importante patrimonio o disponer de un señor que le protegiese. Las relaciones de vasallaje se intensifican, estratificando más la sociedad medieval.
Ya en el siglo IX Rabano Mauro nos dice que los miembros de la pequeña nobleza se criaban en las casas de nobles de mayor poder donde aprendían el arte de la equitación. En estas casas existían cuerpos de caballeros domésticos, los cuales eran mantenidos por los señores que sin duda servirían para la instrucción de los jóvenes. La largueza de los señores para con sus vasallos se medía en los caballos y armas con que premiaba a los leales. La palabra miles en esta época designaba únicamente a los caballeros, indicando una posición social y la pertenencia a la Orden de la Caballería. En la documentación del siglo XI la palabra miles se utiliza para distinguir a familias de recursos limitados en comparación con los condes y castellanos. Es a partir del siglo XII cuando tanto los grandes señores como la pequeña nobleza (vasallo) eran designados por milites, adquiriendo esta palabra un significado más honorable. Adalberon de Laon cuando se refiere a los nobles se refiere a los grandes señores, el termino miles se reserva para los caballeros (pequeña nobleza). En el siglo XII el término noble que empleaba Aldaberon se extiende a también a los caballeros.
Los grandes señores, descendiente de los carolingios necesitaban para sus continuas guerras los servicios de grandes contingentes de los caballeros. Las luchas se ampliaban contra los poderosos barones solían dedicarse al pillaje de las tierras de su señor cuando la ocasión era propicia. Por este motivo, los condes, príncipes y reyes mantenían a los caballeros, premiando sus servicios con caballos, armas, matrimonios ventajosos, entregándoles tierras en régimen de vasallaje, otorgándoles privilegios, etc. De esta forma los caballeros se convierten en un clase social inferior a los grandes señores (ricohombres en castilla) y superior a los ricos campesinos y a los florecientes burgueses.
La aceptación de los servicios de un caballero enamorado por parte de una rica dama era el pasaporte de entrada en la corte, lugar de reunión donde los trovadores recitaban los cantares y gestas y escritores como Chretien de Troyes componían sus obras. La imagen que se suele presentar de los nobles como incultos y rudos no es del todo cierta. Muchas cortes apreciaban a los escritores cultos, Chretien había leído a Ovidio y en sus obras cita a Macrobio, principal fuente de los escolásticos para recatar la filosofía griega. Toda Casa de relieve poseía un cronista o historiador de la historia del linaje. El apellido sirvió para dar unidad a las generaciones. Cuando los datos históricos se agotaban, los historiadores remontaban el linaje de su señor hasta personajes legendarios, justificando la riqueza actual de la casa al proceder de antiguos próceres. Las genealogías aseguraban la pertenencia a la clase de los caballeros, así con el tiempo se limitó la entrada en la caballería a aquellos que tenían antepasados que fueron armados caballeros.
La cultura francesa se extendió por toda Europa con rapidez en los siglos XI y XII. Los normandos conquistaron Inglaterra, caballeros francos crearon los reinos de ultramar, conquistaron Sicilia y el sur de Italia. Del sur de Francia, patria de los trovadores partieron muchos caballeros que participaron en la reconquista española, siendo premiados con cuantiosos repartimientos. La llegada al reino de León de don Raimundo de Borgoña, hijo del conde don Guillermo I de Borgoña y su matrimonio con doña Urraca de León y de su primo don Enrique de Borgoña, hijo del duque Roberto I de Borgoña que casó con doña Teresa de León (hija natural del rey don Alfonso VI) tuvo que facilitar el asentamiento de francos y borgoñones en León y Castilla.
En el siglo X en Alemania el poder imperial era mucho más fuerte que el real en Francia. Los grandes ducados de Sajonia, Baviera, Suabia y Franconia no reforzaron su poder como lo habían hecho los condes y duques franceses. La figura de los ministeriales, los caballeros sirvientes, reforzaron el poder imperial. Aparecen en el Imperio dentro del grupo de los no libres, cuyas obligaciones estaban estrechamente vinculadas con el servicio de la casa de sus señores eclesiásticos o imperiales. Aunque no eran nobles, eran un grupo poderoso y privilegiado. El desorden que ocasionaron las guerras civiles desatadas al final del siglo XI por la cuestión de las investiduras eclesiásticas les dieron la oportunidad de consolidar su posición. Ministeriales afortunados comenzaron a adquirir feudos de otros señores que no eran sus amos domésticos, disminuyendo la distancia entre estos y la nobleza menor libre (Edelfreie). La nobleza en Alemania estaba estratificada, un príncipe (Heerschild) que recibía sus tierras del Imperio era más noble en privilegios y dignidad que un conde que la recibía a su vez de un príncipe; debajo se situaban los Dienstherren, mucho de los cuales procedían de ministeriales. Entre 1140 y 1150 se producen asambleas de ministeriales sin ser convocadas por un señor, en ellas se organizan y discuten sus demandas. Con el tiempo la condición de ministerial llevara a la de miles (ritter) y esta se hará hereditaria. Como en Francia, la alta nobleza y la baja nobleza de los caballeros compartirán el ideal de la caballería.
En España la influencia de la cultura francesa llegó rápidamente, se desarrollaron cantares de gestas que eran adaptaciones del ciclo de Carlomagno y de las novelas de caballería (El Cid, el Caballero Zifar, Tirant lo Blanch, el Poema del Conde Don Fernán González, etc.)
En Italia en el siglo XII la influencia del provenzal era notable, a partir de 1170 son conocidos varios poetas italianos que escriben en provenzal, la cual se mantuvo durante un siglo. Dante pone en boca del trovador Arnaut Daniel ochos versos en occitano. Sin duda el papel de Carlos de Anjou como jefe de los güelfos, ayudo a que la influencia francesa tuviera más fuerza; muchos de sus caballeros eran de Provenza.
La atomización del poder municipal en Italia forzó a las ciudades a mantener sus propias fuerzas de caballería. Para ello contaban con las fuerzas reclutadas por condes dependientes de las ciudades y por los propios ciudadanos que poseían una riqueza suficiente para costearse ser armados caballeros. De hecho, ciudades como Génova y Florencia costearon los gastos de armas caballeros a ciudadanos con recursos insuficientes. Las ceremonias italianas para armas caballeros serán semejantes a las francesas, con idéntico simbolismo y ética, contribuyendo a convertir a la caballería en un fenómeno que unificaba las élites europeas. La causa de la rapidez con que se expandió la cultura francesa por Alemania, Italia, España la encontramos en la influencia perdurable que marco el Imperio Carolingio en Europa occidental.
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